—¡Puaj!— Natalia dejó de la medicina y se cubrió la boca, comenzando a tener arcadas.
Se levantó a toda prisa y corrió al baño.
Abrió la llave del agua y el sonido del chorro llenó el espacio; ella se apoyó sobre el lavabo, sufriendo náuseas constantes que no lograba detener. Tenía el rostro encendido, lágrimas en los ojos y se sentía sin fuerzas; tuvo que aferrarse al borde del mármol para apenas mantenerse en pie.
—Señora, señora, ¿qué le pasa? —preguntó Lupe desde afuera—. ¿Está bien? ¿Quier