—Diego tenía una mano metida en el bolsillo de su pantalón de vestir, con el rostro apático y una mirada más profunda y sombría que la noche misma. Observaba en silencio, con los labios ligeramente apretados.
Natalia ayudó a Damián a subir al carro, cerró la puerta y se despidió con la mano:
—Adiós, maestro Damián. Mateo, te lo encargo mucho, por favor asegúrate de que llegue bien al hotel.
—Descuida —respondió Mateo—. Tú también vete pronto a casa a descansar.
El vehículo se alejó.
De repente,