Cuando Natalia llegó a la estancia principal de la mansión, todas las miradas se clavaron en ella.
Toda la familia Ferrer estaba reunida.
Como Elena acababa de salir del hospital, los parientes se habían tomado el tiempo para visitarla y mostrar su preocupación.
Diego estaba sentado en un sillón individual, con las piernas cruzadas y una postura relajada, casi indolente.
—Ya despertaste —dijo él—. ¿Sigues sintiéndote mal?
Natalia negó con la cabeza.
Elena intervino con voz cariñosa:
—Natalia,