—¿Y si pasa algo irreparable? —murmuraba Isaac, temblando.
El sol comenzó a hundirse en el horizonte, tiñendo el cielo de un carmesí intenso que poco a poco se desvanecía en la penumbra.
Diego permaneció toda la tarde en la habitación del hospital.
Iba a esperar; esperaría a que Natalia despertara.
¡Quería ser el primero en interrogarla, en exigirle cuentas!
Durante esas horas, una imagen no dejaba de martillear su mente: la escena en el quirófano.
Los dedos largos y pálidos de Natalia colga