Unos días después, la policía nos citó de forma repentina.
Mi hermana y yo fuimos a la estación con el corazón inquieto, sin imaginar que nos darían una buena noticia.
—Hemos encontrado a un testigo ocular —nos dijo el oficial, esbozando una leve sonrisa.
—Vio con sus propios ojos cómo ocurrió el secuestro.
¿Un testigo?
Lilia y yo nos quedamos pasmadas, sin poder creer lo que oíamos.
—¿Quién? —pregunté con urgencia.
—El guardia de seguridad que trabaja en la entrada del hospital —respondió el of