—¡Tú… tú no sabes lo que tienes! —Sam temblaba de la rabia, señalándome con el dedo, pero sin poder articular bien sus palabras.
—¡Muy bien! ¡Quieres divorciarte, pues te concedo el divorcio!
—¡Pero recuérdalo bien! ¡Sin mí, no eres nada!
—Quiero ver cuánto duras allá afuera sin mí. ¡A ver cómo te va!
Leo también tenía el rostro desencajado, abrazando al bebé mientras observaba en silencio.
—¿Lilia, tú también piensas así? —su voz sonaba baja, peligrosa.
Mi hermana levantó la cabeza con determin