Al escuchar las palabras de Sam, sentí como si una daga afilada me atravesara el corazón.
—El bebé… el bebé se fue —dije entre sollozos, con las lágrimas brotando nuevamente de mis ojos.
Sam se quedó helado por un momento, pero enseguida su rostro se llenó de furia.
—¿Se fue? ¿Cómo que se fue? ¿No me digas que lo perdiste a propósito solo por enojo?
Dio un paso hacia mí y me agarró del brazo con tanta fuerza que casi me rompe los huesos.
—¡¿Sabes lo que hiciste?! ¡Ese era mi hijo! ¿Cómo pudiste