El alba apenas despuntaba cuando el ruido de un motor rompió el silencio del patio. Daryl salió del coche con pasos pesados. Tenía los ojos enrojecidos, las ojeras marcadas y el rostro rígido, sin una sola expresión.
Alicia, que no había podido dormir en toda la noche, se levantó de golpe del sofá del salón. Desde la medianoche había estado allí, esperando con el corazón inquieto. Al ver abrirse la puerta, corrió hacia él con prisa.
—¡Daryl! —exclamó con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Dónde has