Margaret se inclinó suavemente hacia su bebé, depositando un beso cálido en su pequeña frente. La niña aún dormía plácida, ajena a los miedos y turbulencias del mundo exterior. Margaret suspiró, dejando que por un instante la tranquilidad llenara el espacio entre ellas. A su espalda, su madre se acercó, abrazándola con fuerza.
—Puedes estar tranquila, mi niña. Voy a cuidar de Celeste, como cuide de ti.
El gesto de su madre le permitió a Margaret soltar un poco de la tensión que llevaba semanas