Lorain entró al motel donde se citó con aquel hombre sin mirar a nadie. No hacía falta. Allí nadie quería recordar rostros, ni nombres, ni historias. Era un lugar donde narcotraficantes, ladrones y fugitivos buscaban anonimato, no compañía. Caminó por el pasillo húmedo, abrió la puerta de la habitación y se sentó en el borde de la cama, esperando.
No pasó mucho tiempo antes de escuchar la chapa moverse.
La puerta se abrió y un hombre robusto, de barba descuidada y ojos oscuros, cruzó el umbral