Adrien cerró la puerta del copiloto con una firmeza inusual. No arrancó de inmediato. Se quedó ahí, con ambas manos sobre el volante, sus nudillos se tornaron blancos por la fuerza que ejercía, lleno de rabia, respirando de manera rígida, como si necesitara unos segundos para no perder el control. Margaret lo observó en silencio; la tensión era tan palpable que parecía ocupar todo el interior del auto.
—Podemos irnos —murmuró ella, queriendo aliviar la frialdad que lo rodeaba.
Pero Adrien no s