La cocina del lujoso apartamento estaba impecablemente iluminada cuando Lorain entró. El aroma dulce del pastel recién horneado la envolvió, y por un instante, su expresión se suavizó. El chef que había contratado abrió el horno con profesionalismo y retiró la bandeja con un pastel cubierto de un tono dorado perfecto.
—Señorita Lorain, está listo —informó con una leve inclinación.
Ella asintió sin mirarlo demasiado; su atención estaba en su teléfono. Presionó el número del hombre al que tanto