Al amanecer, la casa estaba en silencio. Margaret bajó lentamente las escaleras con la maleta rodando tras ella. Tenía la mirada fija, decidida quería simplemente tomar un taxi, llegar al aeropuerto, y desaparecer nada más. Sin escándalos, y sin anunciar su partida.
Pero al llegar al vestíbulo, se detuvo en seco.
Afuera, apoyado con naturalidad contra un coche negro, Adrien la observaba como si hubiera sabido desde siempre que ella bajaría en ese instante. Le dio una media sonrisa tranquila.
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