El parqueadero seguía casi vacío cuando el teléfono de Shaira comenzó a sonar. La joven, que revisaba unos documentos en la parte trasera del coche, levantó la vista hacia Margaret antes de contestar.
—Sí, señor… entiendo —dijo con el ceño fruncido—. Claro que sí, enseguida voy.
Colgó y nerviosa y soltó un suspiro cansado.
—Tengo que volver. El jefe me necesita en la oficina.
—¿A esta hora? Me imagino que ya debe saber lo que sucedió, lo siento cariño. —Margaret se disculpó.
—No es tu culpa Ma