Por la tarde, tal como Lucien había prometido, un mensajero llegó con una caja elegante envuelta en papel dorado.
Margaret la observó unos segundos antes de abrirla. Dentro, descansaba un vestido negro de satén, de corte sobrio pero ceñido a la cintura, con un escote sutil y una caída impecable. Era exactamente su estilo.
Suspiró. Sabía que él recordaba sus medidas con precisión.
Cuando terminó su jornada, esperó a que la oficina quedara vacía y se cambió en el baño. Al ponerse el vestido, si