Lucien la observó en silencio, desconcertado. Su ceja se arqueó con ese gesto frío que siempre usaba cuando algo lo irritaba, y bastó eso para que toda la calma que Margaret había logrado construir durante la noche se derrumbara de golpe.
La furia que tanto había contenido emergió sin aviso, encendida por años de frustración y heridas que jamás cicatrizaron.
—¿Qué es lo que pretendes, Lucien? —soltó con la voz tensa, y el pecho agitado—. Fuiste tú quien dijo que no podía olvidar a Lorain. Tú