La mañana llegó sin que Margaret la sintiera.
Había pasado la noche sentada en un rincón de la habitación, con la espalda apoyada contra la pared y las rodillas pegadas al pecho, observando la oscuridad que entraba y salía a través de la pequeña ventana circular a medida que el yate avanzaba. En algún momento, el cansancio terminó por vencerla, y aunque en contra de su voluntad, sus párpados se cerraron y cayó en un sueño que no fue tan profundo.
Cuando despertó, lo primero que vio fue el techo