Un murmullo de voces masculinas empezó a abrirse paso en la cabeza de Margaret, como si varias voces hablaran al mismo tiempo desde muy lejos. Sentía la lengua pesada y la garganta seca. Intentó moverse, pero un dolor sordo le recorrió el cuerpo, obligándola a quedarse quieta unos segundos más.
Tomó una bocanada de aire y, con esfuerzo, abrió los ojos.
La luz del lugar era tenue, amarillenta. Frente a ella, a pocos metros, tres hombres discutían en voz baja, pero lo suficientemente fuerte como