Margaret regresaba del colegio con una idea fija en la cabeza. Esa mañana se había despertado sintiendo que ya no podía seguir ignorando al niño que veía todos los días afuera de la reja, cada vez más golpeado y más callado. No sabía por qué le importaba tanto, pero la incomodidad que sentía al verlo en ese estado había comenzado a pesarle como una piedra en el pecho.
Antes de salir de casa, había entrado al botiquín del baño sin que nadie la viera. Tomó un pequeño rollo de vendas, un frasco de