Margaret comenzó a despertar lentamente dos días después, con una fuerte presión en la cabeza y la garganta reseca. Cuando abrió los ojos, la primera imagen que vio fue el techo de su habitación y las cortinas rosadas que se movían suavemente por la brisa que entraba por la ventana.
A su alrededor había varias personas.
Mérida estaba sentada junto a la cama, con el rostro pálido y los ojos hinchados de tanto llorar. A un lado se encontraba el médico con su maletín abierto, y cerca de la puerta,