Habían pasado un par de días desde aquella reunión cargada de silencios tensos entre Antonio, Margaret y Lucien. Dos días que, en apariencia, transcurrieron con normalidad; pero en el fondo, cada uno de ellos había comenzado a mover piezas.
Antonio estaba sentado frente a su computador, con el ceño fruncido y la mandíbula rígida mientras observaba las cifras proyectadas en la pantalla. Las columnas rojas no dejaban lugar a dudas: sus ingresos estaban disminuyendo de forma progresiva. No era un