—Mamá, necesito que me acompañes esta noche.
Margaret cerró la puerta del departamento tras de sí y dejó el bolso sobre la consola de la entrada. Su voz no sonaba temblorosa, pero había algo apretado en su pecho, una sensación persistente que no la había abandonado desde la noche anterior.
Mérida, sentada en la sala con un libro entre las manos, levantó la vista con curiosidad.
—¿Acompañarte? ¿A dónde?
—Es una invitación —respondió Margaret, quitándose el abrigo con movimientos medidos—. La hiz