Lucien dejó a Celeste dormida en su habitación con cuidado. Acomodó la manta sobre su pequeño cuerpo, se inclinó y le dio un beso suave en la frente. La niña se movió apenas, ajena al mundo que ardía afuera de sus sueños. Él se quedó un segundo más, observándola, si de algo estaba seguro era de que la amaba con su alma y por ella haría lo que fuera.
Luego cerró la puerta despacio y se dirigió hacia la sala.
Margaret estaba sentada en el sofá, con una taza de té entre las manos. El vapor subía l