Margaret permanecía de pie frente al ventanal de su oficina, con los brazos cruzados y la espalda recta, aunque por dentro todo en ella estaba encogido. Desde allí, en el piso alto del edificio, podía ver la calle con claridad. Sin embargo, había algo que la ponía muy nerviosa.
Al otro lado de la calle, estacionados con una quietud sospechosa, había dos autos oscuros. No eran llamativos, no bloqueaban el paso ni llamaban la atención de nadie más. Justamente por eso resultaban inquietantes. Esta