Margaret estaba sonrojada, no por vergüenza, sino por la ira contenida que le recorría el cuerpo mientras observaba a Adrien sin parpadear.
—Entonces sigues defendiéndolo —dijo Adrien con amargura.
—No —respondió con firmeza—. Me estoy defendiendo a mí.
Adrien levantó las manos en un gesto conciliador, aunque la tensión en sus hombros lo delataba.
—Margaret, vamos a calmarnos —pidió, forzando una serenidad que no terminaba de sostener—. No tengo ninguna intención de molestarte. Entiendo que te