Lucien condujo hasta el hospital San Gabriel con las manos firmemente aferradas al volante, aunque le temblaban de una manera que no lograba controlar. El tráfico le pareció eterno. Cada semáforo, cada cruce, aumentaba la presión que sentía en el pecho. Lorain estaba viva. La frase se repetía una y otra vez en su cabeza, que estuviera viva significaba demasiado en especial por su relación con Margaret.
Había sospechas, sí. Fragmentos sueltos, intuiciones que nunca se atrevió a confirmar. Pero e