Las amenazas de Adrien seguían sembradas en la mente de Lorain, tan profundas que no le permitían pensar con calma. Cada palabra, cada gesto del hombre resonaba en su memoria convirtiéndose en una amenaza imposible de ignorar. Intentaba ahogar esos pensamientos en alcohol; la tercera copa ya quemaba su garganta, pero ni siquiera eso lograba calmarla.
Una imagen apareció en la pantalla de su computadora. Por fin, después de una tarde entera siguiendo pistas, reconoció el auto de Lucien llegando