El primer llanto de Aurora fue tan débil que Evelyn creyó haberlo imaginado. Abrió los ojos con esfuerzo, cegada por las luces blancas de la sala de partos y por el cansancio que le atravesaba todo el cuerpo. Sentía la garganta seca, las piernas pesadas y un dolor profundo que todavía no terminaba, pero en cuanto escuchó aquel sonido pequeño dejó de pensar en sí misma.—Felicidades, señora Blackwood —dijo la doctora con una sonrisa—. Es una niña.Las lágrimas le llenaron los ojos. La enfermera acercó a la bebé apenas unos segundos antes de llevársela para revisarla. Era diminuta, rojiza, con los puños cerrados y una expresión seria que hizo sonreír a Evelyn a pesar del agotamiento. Durante meses había imaginado ese instante. También había imaginado a Alexander entrando en la sala, mirando a su hija y, aunque fuera por una vez, mirándola a ella como a su esposa.Cuando la sacaron de la sala de partos, buscó su rostro entre las personas que esperaban en el pasillo. Lo encontró enseguida
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