Mundo ficciónIniciar sesión—¿Basta? —repitió Evelyn, mirando a Alexander por encima de la cabeza de Aurora—. ¿Me estás diciendo basta a mí?
Scarlett seguía apoyada contra él, con los ojos cerrados y una mano sobre el pecho. Alexander la sostenía como si pudiera romperse, mientras su esposa recién parida permanecía en la cama con la bebé entre los brazos.
—Estás alterándola sin necesidad —respondió él—. Sabes perfectamente que su salud es delicada.
Evelyn sintió que el cansancio de los últimos días, los años de silencios y la humillación del parto se acumulaban en un mismo punto. No quería gritar. Ni siquiera tenía fuerzas para hacerlo. Pero tampoco estaba dispuesta a quedarse callada otra vez.
—Yo no la hice caer.
Scarlett abrió los ojos lentamente.
—Evelyn, por favor. No quiero que discutamos por mi culpa.
—Entonces deja de convertir cada cosa que digo en una agresión contra ti.
—Solo dije que estaba agradecida.
—Y después insinuaste que yo podría dejarte morir.
Scarlett apretó los labios. Alexander intervino.
—No fue eso lo que quiso decir.
Evelyn soltó una risa sin humor.
—Tú siempre sabes lo que Scarlett quiso decir. Qué curioso que nunca entiendas lo que digo yo.
Alexander endureció el rostro.
—Estás fuera de control.
Aquella frase terminó de abrir una puerta que Evelyn llevaba años manteniendo cerrada.
—No. Fuera de control estaba Scarlett cuando rompía mis cosas de niña y después lloraba frente a nuestros padres diciendo que había sido un accidente. Fuera de control estaba cuando me quitaba un regalo y mamá me pedía que se lo dejara porque ella estaba enferma. Fuera de control era una familia entera haciendo que yo pidiera perdón cada vez que Scarlett lloraba, aunque la que hubiera perdido algo fuera yo.
Scarlett se separó apenas de Alexander.
—No puedes seguir culpándome por cosas que ocurrieron cuando éramos niñas.
—No te estoy culpando por estar enferma. Te estoy culpando por aprender muy pronto que tu enfermedad podía darte todo lo que querías.
El rostro de Scarlett palideció de verdad.
—Eso es cruel.
—Cruel es agradecerme por tener una hija como si la hubiera concebido para ti.
Alexander dio un paso hacia la cama.
—Evelyn, termina con esto.
Ella giró hacia él. Las lágrimas le ardían en los ojos, pero su voz salió firme.
—¿Y tú cuándo vas a empezar? Acabo de dar a luz a tu hija y todavía no me has preguntado cómo estoy. Lo primero que hiciste fue ordenar una prueba para Scarlett. Todo el hospital cree que ella es tu mujer porque no te separas de su lado.
—No he hecho nada indebido con Scarlett.
—No necesitas acostarte con alguien para hacer sentir sola a tu esposa.
Alexander apretó la mandíbula.
—Siempre te he tratado correctamente.
—Ese es exactamente el problema. Me trataste correctamente. Como una obligación bien administrada.
Durante años Evelyn había confundido aquel trato correcto con una base sobre la que podía construir algo más. Organizaba la casa, recordaba sus reuniones, preparaba las comidas que él prefería, revisaba que tuviera sus medicamentos cuando sufría migrañas y esperaba despierta cuando regresaba tarde. No porque Alexander se lo hubiera pedido siempre, sino porque ella creía que amar era estar disponible hasta que la otra persona aprendiera a necesitarte.
Pero esa no había sido toda su vida. En las noches en que Alexander no volvía, Evelyn se ponía audífonos y practicaba interpretación. Leía informes internacionales, seguía conferencias y hacía pequeños trabajos desde casa cuando Chloe conseguía algún cliente. A veces ganaba poco, otras veces rechazaba encargos porque coincidían con eventos familiares, pero nunca dejó completamente aquello que amaba.
Alexander no sabía nada.
No sabía qué técnica utilizaba para tomar notas, qué idiomas había perfeccionado ni por qué guardaba cuadernos llenos de símbolos. Había vivido tres años con ella sin interesarse lo suficiente para descubrir qué hacía cuando no estaba sirviéndole una cena.
—Durante el embarazo cambiaste —continuó Evelyn—. Preguntabas por mis citas, revisabas los resultados, te asegurabas de que descansara. Yo pensé que, quizá, estabas empezando a verme.
Alexander guardó silencio.
—Pero en cuanto Aurora nació, lo primero que hiciste fue mirar hacia Scarlett. Así que dime la verdad. ¿Alguna vez fue por mí? ¿O solo estabas cuidando el embarazo porque esperabas obtener algo para ella?
Scarlett habló antes de que él respondiera.
—Evelyn, eso no es justo. Alexander se preocupó porque eres su esposa.
—No te pregunté a ti.
Alexander miró a Evelyn con una expresión que ella no supo interpretar.
—No voy a justificar cada cosa que hice durante nueve meses solo porque ahora estás sensible.
La palabra la hizo retroceder emocionalmente, pero no bajó la mirada.
—No estoy sensible. Estoy cansada de traducir tus silencios siempre a la versión que menos me duela.
Por primera vez, Alexander pareció no tener una respuesta inmediata.
Evelyn respiró con dificultad. No quería pedirle nada. No quería suplicarle que cambiara ni amenazarlo con irse cuando todavía no sabía cómo sostendría a Aurora. Había hecho demasiadas promesas emocionales que luego ella misma terminaba rompiendo por miedo.
—Ya no voy a seguir intentando que me elijas —dijo finalmente.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Exactamente lo que escuchaste.
—Estás agotada. Cuando te recuperes hablaremos.
Evelyn casi sonrió. Incluso ahora estaba convencido de que aquello era temporal. Que ella volvería a organizarle la vida, esperarlo por las noches y aceptar a Scarlett en medio de su matrimonio porque siempre lo había hecho.
Quiso responder, pero la habitación empezó a moverse. El dolor que llevaba ignorando desde el inicio de la discusión se intensificó. Evelyn sostuvo a Aurora con más fuerza y trató de respirar.
—Señora Blackwood —dijo una enfermera desde la puerta—, debe recostarse.
Evelyn intentó acomodar a la bebé en la cuna, pero la vista se le nubló. Alexander reaccionó cuando su cuerpo perdió fuerza. Alcanzó a sostenerla por los hombros mientras la enfermera tomaba a Aurora.
—¡Evelyn!
El médico llegó pocos minutos después. Revisó la herida, la presión y ordenó que nadie volviera a alterarla. Alexander permaneció junto a la cama hasta que ella quedó dormida por el agotamiento.
Entonces escuchó un sonido suave.
Aurora estaba despierta en la cuna. Alexander se acercó despacio. Por primera vez observó con atención sus ojos grandes, la nariz pequeña y la manera en que movía una mano fuera de la manta. Extendió los dedos, inseguro, como si nunca hubiera estado frente a algo tan frágil.
Estuvo a punto de tocarla.
—Alexander… —murmuró Scarlett.
Él giró. Ella estaba apoyada contra la pared, pálida.
—Creo que necesito sentarme.
Alexander miró a Evelyn dormida, después a Aurora y finalmente a Scarlett. La duda duró apenas unos segundos. Se acercó a Scarlett y la sostuvo.
—Te llevaré a descansar.
Antes de salir pidió que Martha, la niñera contratada antes del parto, se encargara temporalmente de Aurora.
Cuando Evelyn despertó, el silencio la asustó. No escuchaba a su hija. Intentó incorporarse a pesar del dolor.
—Aurora…
La puerta se abrió y Martha entró con la bebé en brazos.
—Está bien, señora. Solo la llevé a cambiarla.
Evelyn extendió los brazos y la recibió con alivio.
—No quiero que se la lleven sin avisarme.
—Lo entiendo. Pero también necesita descansar para poder cuidarla.
Evelyn asintió. Aurora abrió los ojos y cerró los dedos alrededor de uno de los suyos. El gesto logró calmarla más que cualquier explicación.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Era Chloe.
Eve, supe que ya nació Aurora. Cuando estés mejor quiero verla. Y también encontré algo para ti. No me digas que no antes de abrirlo.
Debajo había un enlace a una convocatoria: intérprete acompañante de inglés para un grupo empresarial transnacional.
Evelyn leyó los requisitos lentamente. Años atrás habría pensado primero en Alexander, en los horarios de la casa y en todas las razones por las que no podía aceptar.
Esta vez la primera pregunta que apareció en su mente fue distinta.
¿Y si decía que sí?







