Mundo ficciónIniciar sesiónScarlett habló durante buena parte del trayecto. Comentó que el jardín de la mansión necesitaba más flores, preguntó si todavía conservaban el piano del salón y recordó algunos postres que le gustaba comer cuando visitaba a los Blackwood años atrás. Lo hacía con tanta naturalidad que parecía estar regresando a su propia casa.
Evelyn permaneció en el asiento trasero junto a Aurora. No participó en la conversación. Revisaba de vez en cuando que la bebé estuviera cómoda y observaba algunos términos de la convocatoria en su teléfono mientras Scarlett seguía hablando.
—Podríamos cambiar las cortinas del salón pequeño —comentó su hermana—. Las recuerdo demasiado oscuras.
Alexander respondió algo breve. Evelyn apenas prestó atención hasta que Aurora empezó a llorar.
El sonido llenó el coche. Evelyn se inclinó hacia la silla para comprobar si la niña estaba incómoda.
Scarlett continuó hablando y Alexander la interrumpió.
—Baja la voz. La estás alterando.
Scarlett se quedó callada, sorprendida.
Evelyn también lo miró por el espejo retrovisor. Era la primera vez que Alexander modificaba algo por Aurora sin relacionarlo con el tratamiento de Scarlett. El gesto era pequeño, demasiado pequeño para borrar nada, pero Evelyn lo registró. Su hija empezaba a existir ante los ojos de su padre.
Cuando llegaron a la mansión, Martha ayudó con las bolsas mientras una empleada anunciaba que la comida estaba lista. La niñera se acercó a Evelyn con una sonrisa.
—El señor Blackwood pidió que prepararan una mesa especial para recibirlas.
Evelyn sintió una emoción que intentó controlar. No quería esperar nada, pero una parte de ella se preguntó si Alexander había pensado realmente en su regreso.
Entró al comedor y la ilusión desapareció.
Había tartas, carnes con salsas dulces, frutas glaseadas y varios postres. Evelyn reconoció casi todos. Eran los favoritos de Scarlett.
Desde niña, las comidas familiares habían sido así. Como Scarlett estaba enferma y comía poco durante algunos tratamientos, su madre celebraba cualquier alimento que aceptara. Con el tiempo, sus gustos se convirtieron en los de toda la casa. Evelyn, que prefería la comida salada, aprendió a comer poco y guardar silencio.
—¡Alexander! —Scarlett se acercó a la mesa con entusiasmo—. Te acordaste de todo.
Se sentó junto a él y tomó su brazo.
—Incluso trajeron el pastel de miel que me gusta.
Evelyn miró a Alexander. Él parecía no comprender por qué ella seguía de pie.
—Siéntate. Acabas de salir del hospital.
Evelyn recorrió la mesa una última vez.
—No tengo hambre.
Tomó a Aurora y subió a su habitación. No quería discutir frente a los empleados ni convertir una comida en una competencia. Estaba cansada, la herida todavía le molestaba y tenía cosas mejores en las que gastar energía.
Alexander entró pocos minutos después.
—¿Qué fue eso?
Evelyn estaba acomodando a Aurora en la cuna.
—Nada.
—Te levantaste de la mesa como si alguien te hubiera insultado.
—Estoy cansada y no me apetecía comer.
—Martha dijo que organizáramos una comida para recibirte. No conviertas algo insignificante en un problema.
Evelyn se giró lentamente.
—Dime qué plato de esa mesa escogiste pensando en mí.
Alexander frunció el ceño.
—¿Qué?
—Uno. Solo dime uno.
Él guardó silencio.
La respuesta fue suficiente.
—No pensé que fuera tan importante —dijo finalmente.
—Ese es el problema. Después de tres años todavía no sabes que no me gusta la comida dulce.
—Scarlett necesita recuperar peso y esos alimentos le ayudan a comer.
Evelyn soltó una risa cansada.
—No estoy hablando de Scarlett. Estoy hablando de que supuestamente preparaste una comida para recibir a tu esposa y no sabes qué come tu esposa.
Alexander cruzó los brazos.
—Esto son celos otra vez.
—No estoy celosa.
—Desde que Scarlett regresó, todo lo conviertes en una comparación.
Evelyn lo observó durante unos segundos. Antes habría intentado convencerlo. Habría enumerado cada humillación hasta quedarse sin voz, esperando que en algún momento él entendiera. Ya no quería hacerlo.
—Estoy cansada, Alexander.
—Acabas de dar a luz. Es normal.
—No hablo del parto.
Él permaneció callado.
—Estoy cansada de vivir pendiente de ti. De recordar lo que comes, cuándo viajas, qué reuniones tienes, si dormiste, si te duele la cabeza, mientras tú no sabes algo tan sencillo como que no me gustan los postres.
Alexander pareció irritado.
—Nunca te pedí que hicieras todo eso.
La frase dolió, pero también liberó algo.
—Tienes razón. Nadie me obligó. Yo decidí hacerlo porque creía que así se construía un matrimonio. Entonces también puedo decidir dejar de hacerlo.
—¿Qué significa eso?
—Que desde hoy tus comidas, tus maletas, tus horarios y tus asuntos personales serán tuyos. No voy a esperarte despierta ni a reorganizar mi día cada vez que cambies de planes.
Alexander la miró con incredulidad.
—¿Estás castigándome porque prepararon el pastel equivocado?
—No. Estoy dejando de hacer cosas que nadie me pidió y que nadie valoró.
Él soltó una risa seca.
—Te durará una semana.
Evelyn no respondió. No necesitaba que él creyera en su decisión para cumplirla.
Alexander miró hacia la cuna.
—Scarlett se quedará algunas horas en la casa durante estos meses. Está cerca del hospital y necesita descansar entre consultas. Espero que puedas ser razonable.
Evelyn sintió una nueva molestia, pero controló el tono.
—Mientras respete mi espacio y el de Aurora, no tengo nada que decir.
—Es tu hermana.
—Y esta es mi hija.
Alexander apretó la mandíbula. Pareció buscar otra discusión, pero Evelyn abrió la puerta de la habitación.
—Necesito descansar.
Él salió con expresión fría. Evelyn cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella durante unos segundos.
Le dolía. Claro que le dolía. Seguía amando a Alexander y una parte de sí misma todavía deseaba que regresara, tocara la puerta y dijera que se había equivocado. Pero el amor ya no podía seguir siendo la única explicación de todas sus decisiones.
Se acercó a la cuna. Aurora dormía tranquila.
—Vamos a aprender juntas —murmuró.
Después tomó el teléfono y llamó a Chloe.
—Necesito que me ayudes a prepararme en serio.
—¿Pasó algo?
—Muchas cosas. Pero no quiero hablar de Alexander ahora. Quiero hablar de la entrevista.
Chloe guardó silencio unos segundos y después cambió inmediatamente de tono.
—Perfecto. Mañana almorzamos. Llevaré materiales y quiero que practiquemos una prueba completa.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía. Voy a ser insoportable.
Evelyn sonrió por primera vez desde que llegó a casa.
Después de colgar, abrió una caja que había llevado desde su antiguo apartamento al casarse. Allí seguían varios cuadernos universitarios, tarjetas con vocabulario, certificados y hojas llenas de símbolos de interpretación. Alexander había vivido en la misma casa con esos materiales durante tres años sin saber siquiera que existían.
Evelyn escogió uno de los cuadernos y lo abrió sobre la mesa. En la primera página encontró una anotación de cuando todavía estudiaba: una lista de metas que había escrito con Chloe antes de graduarse. Trabajar en una empresa internacional. Viajar como intérprete. Aprender un tercer idioma. Poder mantenerse por sí misma. Evelyn recorrió las líneas con un dedo y sintió vergüenza por haber reducido aquellos sueños para caber en una vida donde Alexander apenas notaba su presencia, pero también una emoción distinta. Las metas seguían allí. Algunas podían tardar años, otras quizá cambiarían porque ahora existía Aurora, pero ninguna estaba muerta.
Abrió el computador y realizó una prueba de interpretación que Chloe le había enviado. Se trabó dos veces, corrigió una expresión y al final sonrió cuando escuchó la grabación. No estaba perfecta, pero era mejor de lo que esperaba. La capacidad seguía respondiendo.
No estaba intentando resucitar a una mujer desaparecida. Aquella mujer nunca se había ido por completo.
Solo había llegado el momento de dejar de esconderla.







