Entre el fuego y la desconfianza (1era. Parte)
El mismo día
Kazanlak
Dominic
Reconocía que era un desastre expresándome. Me costaba abrirme, poner en palabras lo que sentía. Muchas veces me pregunté cómo me había casado… pero fue ella, mi ángel, quien lo hizo posible: Natasha. Y ahí estaba el verdadero problema: no sabía cómo acercarme a Arianna sin terminar a los gritos, sin discutir. Apenas pude repetir unas cuantas palabras con torpeza y creí que eso bastaba.
Error con letras mayúsculas. Ella me respondió con una calma helada, con esa actitud que podía lanzarme un balde de agua fría sin pestañear. Y yo, que no tenía paciencia, exploté. Me molesté conmigo mismo, balbuceé lo que sentía como un idiota, pero ella parecía pretender una declaración completa, casi poética, como si para mí no fuera una tortura exponerme.
Así que hice lo único que sabía hacer mejor: la besé. Con pasión, con hambre, con ese deseo que aún me costaba nombrar.
No hubo resistencia. Todo lo contrario: me devolvió el beso. Y lo sentí… no era un simple arrebato