El mundo se inclinó.
Por un segundo eterno, ambos comprendieron.
—¡Noo! —gritaron al unisono.
El auto atravesó la baranda de contención.
El sonido del metal cediendo fue seco. Luego vacío. Y la oscuridad.
Aimar sentía que su alma salía de su cuerpo, en sus pensamientos solo estaba su pequeña Amarantha.
El vehículo cayó por el precipicio, girando sobre sí mismo. Cristales estallaron. El motor rugió sin sentido. El cielo y la tierra se mezclaron en un torbellino violento.
El impacto final fue bru