Se quedó de pie en medio del cuarto.
Estaba tan blanco que parecía haber visto un fantasma. Su corazón latía a millón, golpeándole el pecho con violencia.
Claudio, que acababa de entrar desde el despacho contiguo, lo vio de inmediato.
Se acercó con el ceño fruncido.
-¿Qué sucede, hijo? Estás pálido. ¿Te sientes mal? -preguntó al verlo desmejorado.
Enzo lo miró.
Parpadeó una vez.
Intentó hablar, pero la voz no le salió.
-Padre.
La palabra fue apenas un hilo.
Claudio se tensó.
-Siéntate. -ordenó