[ZAED]
La puerta del departamento se cierra detrás de nosotros con un clic suave, casi tímido.
No hay aplausos.
No hay música.
No hay celebración.
Solo nosotros dos… y el eco de todo lo que dejamos atrás.
Alya se queda quieta en el recibidor, con el abrigo aún puesto, como si su cuerpo no hubiera entendido del todo que ya llegamos. Yo dejo las llaves sobre la mesa sin hacer ruido. El departamento está en penumbra, iluminado apenas por la luz de la calle que entra por las ventanas altas. Milán sigue ahí afuera, indiferente, hermosa, ajena a la batalla que acabamos de librar.
Debería sentir euforia. Debería levantarla en brazos, besarla, llevarla directo a la cama y perderme en ella como corresponde a una noche de bodas.
Pero no puedo.
Ella tampoco.
Alya se quita los zapatos despacio, uno por uno, como si cada movimiento le costara un mundo. Camina hacia el sofá y se sienta. Apoya los codos sobre las rodillas, entrelaza las manos y baja la cabeza.
El anillo brilla en su dedo.
Ese brillo