[ZAED]
Las consecuencias no llegan con gritos.
Llegan con puertas cerradas, con silencios calculados, con miradas que pesan más que cualquier amenaza dicha en voz alta.
Apenas cruzamos el pasillo privado detrás de la sala de conferencias, Alya y yo soltamos el aire al mismo tiempo, como si hubiéramos estado conteniéndolo durante horas. No digo nada. Ella tampoco. Caminamos unos pasos más hasta quedar fuera del alcance de micrófonos y cámaras. Ahí, recién ahí, siento el temblor leve en su mano.
—Lo hiciste increíble —le digo en voz baja.
Ella me mira, cansada, firme.
—Lo hicimos —corrige.
No tenemos tiempo para más.
—Zaed —dice la voz de mi padre detrás de nosotros—. Alya.
No hay enojo explícito en su tono. Eso lo hace peor.
Me giro despacio. Alya también. Están los dos allí: mi padre y Donato. No juntos, no enfrentados. Paralelos. Como dos hombres que han decidido, al menos por ahora, no atacarse… pero tampoco ceder.
—Necesitamos hablar —dice Donato.
—Ahora no —responde Alya con una c