[ZAED]
Dos días después de la firma, la euforia inicial se disipa y deja lugar a algo más pesado: la realidad.
El contrato ya no es una promesa elegante ni una idea ambiciosa sobre una mesa de cristal en Dubái. Es un documento vivo. Vinculante. Un organismo que respira cláusulas, tiempos, obligaciones compartidas. Y hoy estamos sentados los cuatro frente a él, en una sala que no pertenece del todo a nadie, como si el espacio mismo intentara adaptarse a lo que estamos a punto de hacer.
Mi padre