Tadeo y yo empezamos a viajar juntos y recorrimos muchos lugares. Dos años después, llegamos a la Tribu Fuegoluna y ahí nos encontramos otra vez con Nicolás. Él estaba vuelto nada. Cuando me vio, ya no estaba tan alterado como antes, solo me saludó con calma:
—Aitana, cuánto tiempo… Y él es… —dijo, mirando a Tadeo. Abrió la boca como para preguntar algo, pero no le salieron las palabras.
Yo, sin darle vueltas al asunto, tomé la mano de Tadeo y le mostré nuestros anillos de matrimonio.
—Tadeo es