Devorada por Papá (libro tabú erótico)
Devorada por Papá (libro tabú erótico)
Por: Velvet crown
Capítulo 1: Dulce como el Maple

​Hacía apenas un par de meses que mi madre había comenzado a salir con él: Evan Angels. Era un hombre imponente, de tez bronceada y un físico tan marcado que juraría que podía partir un roble con sus propias manos. Tenía esos ojos verdes, profundos y magnéticos, que enmarcaban un rostro perfecto, tallado como una jodida estatua de David.

​Sinceramente, no entendía qué hacía un espécimen así con alguien como mi madre. No es que ella fuera fea, pero sus mejores años habían quedado atrás; comparada con él, se veía marchita, consumida por los años y el tabaco.

​Hace unas semanas escuché algo que no debí: una discusión entre ellos. Al parecer, ella se negaba a tener intimidad. El estrés, el trabajo y los años de fumar le estaban pasando factura, dejándola sin energía para él.

​Mi madre nunca fue cariñosa; siempre me vio como una carga que alimentar y enviar a la escuela. Cuando cumplí los dieciocho este año, simplemente me soltó que ahora me encargaría de mí misma: comidas, horarios, mi vida entera. No fue un gran cambio; en realidad, era lo que llevaba haciendo desde los catorce, pero ella parecía vivir en su propio mundo de negligencia.

​Entonces llegó Evan y la dinámica de la casa cambió. Él cocinaba el desayuno para ambas, nos llevaba de paseo y, por momentos, casi parecíamos una familia funcional. El tipo es decente, o eso finge ser, aunque sé perfectamente que nota mis miradas. Se da cuenta de cómo me demoro observando sus abdominales o de cómo me quedo embobada cuando hace reparaciones en casa. Es inevitable: no hay nada que ese hombre no haga ver bien.

​Desde su llegada, he sentido sus ojos sobre mí. Me recorre las piernas con un detenimiento inusual cuando uso faldas y sus ojos saltan de mi cara a mi escote cuando voy sin sostén. Decidí confirmar mis sospechas: empecé a provocarlo, usando ropa cada vez más corta, cada vez más reveladora.

​Esta mañana el calor era sofocante. El aroma del desayuno y la luz intensa que se filtraba por la ventana me despertaron. Me miré al espejo y un pensamiento travieso cruzó mi mente. Con una sonrisa, me acomodé el cabello y decidí bajar exactamente como estaba: en ropa de dormir.

​Llevaba unos shorts celestes tan cortos que apenas cubrían lo esencial y una blusa blanca de tirantes, cuya tela delataba sin timidez la ausencia de sostén. Dejé que mi cabello negro cayera suelto, contrastando con la palidez de mis hombros.

​Al bajar los últimos escalones, una ola de calor me golpeó. Ahí estaba él, sin camisa, usando solo sus pantalones de dormir y un delantal mientras cocinaba panqueques. La luz del ventanal lo rodeaba, haciéndolo brillar como una deidad. Me miró y soltó una sonrisa encantadora que me revolvió el estómago.

​—Buenos días, Lara. Siéntate, el desayuno casi está listo.

​—B... buenos días, Evan —balbuceé, caminando hacia la barra.

​Noté cómo me seguía con la mirada en cada paso, devorando la imagen de mis piernas desnudas. Me senté e incliné el cuerpo sobre la madera, asegurándome de que tuviera una visión "descuidada" de mi pecho.

​—Te ves radiante hoy —soltó.

​—Gracias, Evan —respondí. Él puso un plato frente a mí con una delicadeza casi irritante.

​—Cariño, ¿quieres que te sirva? —preguntó él, dirigiéndose a la sala.

​Recién entonces noté que mi madre estaba allí, absorta en su laptop, con una taza de café a medio terminar. Ni siquiera se molestó en saludar.

​—Bien, parece que solo seremos tú y yo, Lara.

​Se sentó a mi lado. Estaba tan cerca que podía oler su colonia ahumada y ver el juego de sus músculos al quitarse el delantal. De repente, se inclinó hacia delante, pasando un brazo frente a mí para alcanzar algo sobre la barra. Mi rostro quedó a milímetros de su pecho cálido. Me miró desde lo alto con un hambre voraz antes de alejarse con una calma fingida.

​—Discúlpame, pequeña. Solo quería el maple. ¿Quieres un poco? —agitó la botella.

​Tragué saliva y asentí. Se acercó de nuevo, vertiendo el jarabe sobre mis panqueques mientras su mirada bajaba rápidamente hacia mi pecho. Miré a mi madre de reojo, aterrada y excitada, pero ella seguía perdida en su pantalla, ajena a todo lo que no fuera su trabajo.

​Evan dio el siguiente paso. Cortó un trozo de mi panqueque con el tenedor y lo acercó a mis labios. Antes de que pudiera reaccionar, acarició mi mejilla con la palma de su mano. El contacto me hizo sobresaltar.

​—Come, princesa, o se te va a enfriar —su voz era tan dulce y espesa como el almíbar.

​Obedecí, observándolo pasmada. Lo odiaba por lo perfecto que era, y ese odio me estaba volviendo loca.

​Al terminar, nos quedamos conversando sobre la escuela y mi próximo cumpleaños número dieciocho. En medio de una frase, deslizó su mano pesada sobre mi muslo. Mi corazón se disparó. Mis estrategias habían funcionado, pero en ese momento, sentí que la presa era yo.

​Movió su mano con lentitud, ascendiendo un milímetro cada vez, quemando mi piel.

​—Dime, pequeña... ¿qué vas a querer para tu cumpleaños? —continuó la charla como si su mano no estuviera a punto de desaparecer bajo el borde de mi short.

​Sentí el roce de sus dedos contra la tela y mi rostro se encendió. Era exactamente lo que quería, pero mi madre estaba ahí, a pocos metros, separada de nosotros solo por el silencio de la sala, que solo llenaba el sonido de su teclado y nuestra conversación distante..

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