Hacía apenas un par de meses que mi madre había comenzado a salir con él: Evan Angels. Era un hombre imponente, de tez bronceada y un físico tan marcado que juraría que podía partir un roble con sus propias manos. Tenía esos ojos verdes, profundos y magnéticos, que enmarcaban un rostro perfecto, tallado como una jodida estatua de David. Sinceramente, no entendía qué hacía un espécimen así con alguien como mi madre. No es que ella fuera fea, pero sus mejores años habían quedado atrás; comparada con él, se veía marchita, consumida por los años y el tabaco. Hace unas semanas escuché algo que no debí: una discusión entre ellos. Al parecer, ella se negaba a tener intimidad. El estrés, el trabajo y los años de fumar le estaban pasando factura, dejándola sin energía para él. Mi madre nunca fue cariñosa; siempre me vio como una carga que alimentar y enviar a la escuela. Cuando cumplí los dieciocho este año, simplemente me soltó que ahora me encargaría de mí misma: comidas, horarios,
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