Fingí estar dormida mientras escuchaba el suave y definitivo click del seguro. El aire en la habitación cambió de golpe, volviéndose denso, cargado de una tensión eléctrica. Sabía que había ganado una batalla, pero la guerra apenas comenzaba. A partir de ahora, mis tácticas debían ser quirúrgicas; si mi madre llegaba a sospechar que estaba perdiendo territorio, no dudaría en usar a la policía contra Evan y lanzarme a mí a la calle. El peligro era real, y eso solo lo hacía más excitante.
Los pasos de Evan eran lentos, pesados, como si se deleitara en la anticipación de la imagen que tenía frente a él. Sentí el colchón ceder ligeramente cuando se sentó a mis espaldas, moviéndose con una cautela casi religiosa para no "despertarme". No sabía que yo estaba más que despierta, contando cada una de sus respiraciones.
Ese cuidado extremo, esa forma de tratarme como algo prohibido y frágil, me enloquecía.
De pronto, su mano pesada y áspera hizo contacto con la seda de mis medias. Trazó un camino de fuego ascendente por mis piernas, sin prisa, como quien ha esperado una eternidad por ese momento y se niega a desperdiciar un solo segundo. Encontró el borde de mi falda y, con un movimiento fluido, levantó la tela negra, sosteniéndola allí para dejar que el aire frío de la habitación golpeara mi piel. Se estaba tomando su tiempo para devorar la vista de mi trasero envuelto en encaje.
Su palma se posó sobre mi nalga, amasando la carne con un hambre contenida, cuidando de no ser lo suficientemente brusco como para sacarme del sueño fingido. Subió la falda hasta mi cintura, dejando mis bragas totalmente expuestas. Sus dedos rozaron mi zona más íntima con un pase lento, antes de deslizar su mano bajo mi cuerpo, justo entre mis muslos.
Ascendió por mi abdomen, deteniéndose para dar un pequeño apretón en mi cintura antes de continuar su camino hacia arriba. Tomó el borde de mi blusa y, con una lentitud tortuosa, la fue levantando, descubriendo cada centímetro de mi piel hasta llegar al sostén. Acunó mi pecho con su mano fría, provocándome un escalofrío que apenas logré disimular.
Evan se inclinó y depositó un beso suave en mi hombro, luego otro en mi cuello, retirando con delicadeza el cabello de mi rostro. Rozó mi labio inferior con su pulgar y lo escuché susurrar contra mi espalda, con una voz rota:
—Oh, Dios... Larita, preciosa. No sabes cuánto te deseo. No debo... pero me vuelves loco.
Entonces, en el silencio sepulcral de la alcoba, se escuchó el rastro metálico de su cremallera bajando. Mi corazón se aceleró violentamente. Un segundo después, sentí una dureza ardiente presionando contra mi centro, justo sobre la fina tela de mis bragas.
Me mordí el labio, manteniendo la máscara. Él tomó mi cadera e intentó ir más profundo, restregándose contra mí con una urgencia que me humedecía más y más. Mis pechos dolían de pura excitación. Entonces, uno de sus dedos se deslizó bajo la seda, tanteando el terreno, encontrándome empapada y lista. Apartó la tela hacia un lado, abriéndose paso.
Sentí cómo me invadía centímetro a centímetro. Estaba tan lleno, tan firme, que me robó el primer suspiro real de la noche.
—Ay, sí, mi niña... estás tan apretadita... —gruñó él.
—¿Papi? —susurré, fingiendo salir del sueño con una voz cargada de inocencia— ¿Qué estás haciendo? No sé qué es esto... pero no pares, se siente muy rico.
Evan soltó una exhalación de puro éxtasis. Esa confesión, esa "inocencia" que yo le entregaba, fue el combustible que necesitaba. Me tomó de los pechos, bajando el sostén para que mis pezones golpearan el aire, y comenzó a embestir con una fuerza animal. Cada golpe arrancaba gemidos cortos que yo intentaba sofocar contra la almohada.
—Oh, pequeña Lara... no hay comparación contigo —decía, absorto en el placer—. Estás hecha para mí. Tan mojadita... haces tan feliz a papi.
—Papi, sí... quiero más —supliqué, alimentando su ego y su deseo— Te quiero solo a ti llenándome... deséame solo a mí, por favor.
Mis palabras lo encendieron. El ritmo se volvió frenético, una urgencia primitiva de posesión. Me dio una nalgada que me arrancó un gemido profundo; tuve que morder mi propio antebrazo para no despertar a la mujer que dormía al otro lado del pasillo. Evan se movía como una bestia, reclamando cada rincón de mi cuerpo.
—Larita, estoy a punto... voy a llenarte completa —advirtió con los dientes apretados.
Intensificó el ritmo hasta que mis piernas temblaron sin control. Sentí una oleada de calor desbordarse desde mi interior, liberándome en un éxtasis absoluto. Segundos después, Evan se retiró con un movimiento rápido y derramó su esencia, caliente y espesa, sobre mi vientre y mis pechos desnudos. Cayó a mi lado, jadeando, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo.
—Larita, preciosa... lamento no haberme venido adentro. Lo deseaba, pero no podemos... todavía.
Un chispazo de tristeza cruzó mi mirada, pero entendía el riesgo. Me abrazó con fuerza y me plantó un beso tierno en la frente antes de reacomodar mi ropa para que todo pareciera estar en su sitio.
Nos quedamos dormidos así, entrelazados. Pero cuando la primera luz del alba se filtró por la ventana, la cama estaba fría. Estaba sola, pero con la sonrisa triunfal de quien sabe que, a partir de anoche, su dueño ya no duerme en la habitación de al lado.