Capítulo 3: El Altar de la Culpa

​Evan sostuvo mi mirada con una fijeza depredadora. Con una lentitud calculada para torturarme, levantó su mano derecha. Sus dedos brillaban, cubiertos por el rastro plateado de mi propia excitación, y sin apartar sus ojos verdes de los míos, se los llevó a la boca. Deslizó la lengua sobre ellos, saboreándome con una devoción que me hizo sentir un calambre eléctrico en el vientre.

​—Eres tan dulce como la miel, princesa —su voz bajó una octava, volviéndose ronca, casi un susurro—. ¿Quieres más, Larita? ¿Quieres conocer lo que tu papi tiene para darte? Entonces tienes que pedirlo. Tienes que pedírselo a él.

​El aire en la cocina parecía haberse agotado. El hambre que sentía ya no tenía nada que ver con el desayuno; era una necesidad física, un vacío que solo él podía llenar.

​—Papi... dame más, por favor —rogué, y mi voz sonó extraña a mis propios oídos, cargada de una urgencia mareada—. Se sintió tan bien... quiero más de ti.

​Esa confesión fue el detonante. Evan soltó un gruñido de satisfacción y sus manos, grandes y cálidas, se cerraron sobre los bordes de mi short celeste. Con un movimiento decidido, tiró de la tela hacia abajo, arrastrando la seda de mi ropa interior en el proceso. El contraste del aire frío de la mañana y la piedra helada del granito contra mi piel desnuda me hizo soltar un jadeo que intenté ahogar contra mi hombro.

​Sin previo aviso, Evan se hundió entre mis piernas. Su primer lenguetazo fue largo, lento y firme, recorriéndome desde atrás hacia delante. Podía sentir cada papila gustativa de su lengua reclamando mi humedad. Arqueé la espalda de golpe, mis dedos se clavaron en el borde de la barra con tanta fuerza que mis nudillos blanquearon. El mundo se redujo a ese contacto, al sonido de su respiración y al riesgo constante de ser descubiertos.

​Él no se detuvo. Comenzó a trazar círculos expertos sobre mi centro, alternando la presión mientras introducía un dedo, solo uno, muy lentamente. Fue una explosión. Sentí cómo mis nervios se encendían uno a uno.

​—Oh, Dios... sí... no pares, papi, por favor —susurré, luchando por mantener el volumen bajo mientras el placer amenazaba con hacerme gritar.

​Mis súplicas parecieron darle alas. Introdujo un segundo dedo, aumentando el ritmo, mientras sus labios se cerraban sobre uno de mis pezones a través de la blusa humedecida. Estaba perdiendo el control, a punto de caer por el precipicio, cuando el sonido metálico de un pestillo nos devolvió violentamente a la realidad.

​Click.

​El silencio de la casa se volvió sepulcral. Nos congelamos. Escuchamos los pasos pesados de mi madre acercándose. Con el corazón martilleando en mis oídos, salté de la barra en un segundo, forcejeando con mi ropa con dedos torpes y temblorosos. Apenas logré subirme el short y bajarme la blusa cuando ella apareció por la esquina de la cocina, con el ceño fruncido y los ojos inyectados en sangre.

​—¿Qué demonios están haciendo? —preguntó ella, su voz cargada de una irritación que cortaba el aire—. Escucho ruidos constantes y no me dejan concentrar en el informe.

​Evan se enderezó con una calma que me dio escalofríos. Se pasó la mano por el cabello, luciendo tan inocente que resultaba insultante.

​—Cariño, lo siento —dijo él, con esa voz melosa que reservaba para ella—. Lara me estaba contando sobre sus planes para el cumpleaños y creo que nos emocionamos un poco hablando. Intentamos ser discretos, pero veo que no fue suficiente.

​—Pues vayan a otro lado. No los soporto —soltó ella antes de dar media vuelta y azotar la puerta de su despacho.

​Me quedé allí, temblando, mirando la puerta cerrada. La ira y el deseo se mezclaban en mi pecho. Mi madre tenía a un dios a su lado y lo trataba como a un estorbo. Yo te cuidaría mejor, pensé con amargura. Yo te daría todo lo que ella te niega.

​Evan miró el reloj de la pared y soltó una maldición por lo bajo.

—Mierda, Larita... el trabajo. Se me hace tarde y tú tienes clase.

​Me dio un beso rápido en la frente, una caricia que sabía a promesa incumplida.

—Terminaremos esto luego. Lo prometo.

​Lo vi subir las escaleras y poco después el sonido del agua en la ducha empezó a llenar el segundo piso. Yo estaba ardiendo. La humedad entre mis piernas era una tortura. Subí a mi habitación, pero la curiosidad fue más fuerte que mi prudencia. Caminé de puntillas hasta la puerta de su cuarto; la había dejado entreabierta.

​Me asomé con el aliento contenido. El baño estaba envuelto en vapor, pero la silueta de Evan era inconfundible tras el cristal traslúcido. El agua resbalaba por sus anchos hombros, delineando cada músculo de su espalda y sus glúteos firmes. Entonces, lo vi apoyar la frente contra la pared y llevarse una mano a su entrepierna.

​Sus gruñidos masculinos, mezclados con el golpeteo del agua, eran la música más erótica que había escuchado. No pude evitarlo; metí una mano en mis bragas, imitando su ritmo, sintiendo el calor de mi propio cuerpo.

​—Oh, sí... Lara... cómetelo todo, princesa... sí... —El susurro de Evan, pronunciando mi nombre en medio de su placer solitario, fue lo que me hizo estallar.

​Él estaba allí, fantaseando conmigo mientras mi madre estaba a solo unos metros bajo la escalera. El morbo de saber que yo era la dueña de sus pensamientos más oscuros me llevó al límite. Me vine contra mi mano, apretando los dientes para no gritar, pero el orgasmo solo me dejó con más hambre.

​Quería que esa fantasía fuera real. Quería que dejara de imaginarme y empezara a usarme. Sin pensarlo más, empujé la puerta de la habitación para entrar

—Lara que demonios estas haciendo?— la voz de mi madre tras de mi furiosa me congelo en el lugar donde

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