Al darme la vuelta, ahí estaba ella, observándome con una mirada inquisitiva que exigía una respuesta. Escuché el click suave de la puerta del baño y me relajé ligeramente; desde su ángulo, era imposible que hubiera visto nada más allá de mi figura intentando entrar en la recámara.
—Yo... no encontraba uno de mis cuadernos de la escuela —balbuceé—, pensé que tal vez lo habría dejado aquí por error.
Me lanzó una mirada cargada de escepticismo, pero no le importaba lo suficiente como para profundizar. Sus prioridades siempre estaban en otro lado.
—Bueno, niña, quítate de mi camino. Ve a arreglarte, que se te hace tarde y yo no pienso llevarte.
Se alejó cerrando la puerta tras de sí. Me quedé inmóvil unos segundos, escuchando cómo entraba al baño y cómo Evan la invitaba a unirse a él bajo la ducha. Un pinchazo de celos me recorrió el pecho. Me dolió. Ingenuamente pensé que él ya no la deseaba y que por eso me buscaba a mí, pero ella lo rechazó con una frase cortante que se perdió entre el ruido del agua.
Me encerré en mi cuarto. Bajo la regadera, mientras el agua caliente golpeaba mi piel, mi mente no dejaba de trabajar. ¿Por qué Evan seguía con ella? Mi madre era un desierto: marchita, amargada y consumida por el trabajo. Ni siquiera sabía satisfacerlo como hombre. Él merecía algo mejor; no debería tener que mendigar migajas de afecto.
Pero había un obstáculo: yo aún era joven y si mi madre nos descubria ahora me he haría a la calle. Aunque para el sexo parecía no importarle, si quería arrebatarle su lugar a ella, no bastaba con el deseo físico. Debía convertirme en su necesidad absoluta. Me hice una promesa: de aquí a mi cumpleaños número diecinueve, me dedicaría a enamorarlo, a erosionar su lealtad hacia mi madre hasta que no quedara nada. Yo me quedaría con él.
Salí de la ducha decidida. Elegí una falda negra, peligrosamente corta, cuyos volantes se movían con cada paso dejando escapar ángulos descuidados de mi piel. Me puse lencería de encaje a juego y una blusa de escote generoso. Como toque final, me deslicé unas medias de seda hasta los muslos. Tras un maquillaje sutil y el cabello perfectamente arreglado, bajé dispuesta a interceptarlo.
Ahí estaba él: impecable con su camisa de botones, el pantalón fajado resaltando su porte y el cabello peinado con precisión. Al bajar las escaleras, me aseguré de que cada movimiento revelara un atisbo de la curva de mi trasero o el borde de mi lencería. Evan me miró al instante, hipnotizado, como un imán atraído por metal precioso. Su mirada me devoró, centímetro a centímetro.
Era el momento de usar mi mejor arma.
—Oh... papi, ¿ya te vas? —pregunté con una voz melosa, cargada de una inocencia fingida—. Pensaba que tal vez podrías llevarme a la escuela.
—Sí, princesa, ya me iba... —respondió, y noté cómo su voz flaqueaba—. Pero si te apresuras, aún puedo llevarte, como cuando eras más pequeña.
Asentí y me di la vuelta con brusquedad, permitiendo que la gravedad hiciera lo suyo por un segundo. Quería que viera mi juventud, que grabara en su mente la firmeza de mi cuerpo para que, más tarde, no pudiera evitar compararlo con la flacidez de esa vieja amargada.
Durante el trayecto, el aire en el auto estaba saturado de lo no dicho. Mientras manteníamos una charla trivial, sus ojos escapaban del camino una y otra vez para recorrer mis piernas y mi escote. En un semáforo, vi su mano temblar sobre la palanca de cambios; estuvo a punto de ceder, de reclamar mi piel, pero se detuvo a medio camino. Sentí una satisfacción triunfal: le estaba costando cada gramo de su autocontrol no poseerme ahí mismo.
Al llegar, fingí que mi mochila resbalaba. Me agaché con lentitud, dándole la espalda antes de girarme para despedirme. Le di un beso rápido, rozando deliberadamente la comisura de sus labios.
El día transcurrió con una lentitud exasperante. Las clases me parecían banales, los temas simples y mis compañeros, seres vacíos con los que no compartía nada. Nadie entendería mi plan. Me limité a perderme en mis pensamientos, diseñando pequeñas tácticas de seducción para los días venideros. No solo quería su cuerpo; quería que me escogiera sobre ella.
Cuando regresé a casa, el silencio me recibió. En la nevera, una nota de mi madre:
"Salimos a cenar por trabajo. No nos esperes. Hay pizza de ayer."
¿En serio? Parecía que ella presentía algo. No era normal que salieran en pareja un día de semana. Quizá sentía la competencia, aunque seguramente pensaba que el peligro venía de alguna colega de la oficina. No sospechaba que la verdadera amenaza dormía bajo su propio techo.
Pasaron las horas. Me recosté en la cama, esperando. Finalmente, escuché risas y pasos torpes en la escalera. Vi a mi madre pasar frente a mi puerta entreabierta; llevaba un vestido vino ajustado y el cabello desordenado. Se veía sexy, lo admito, seguramente gracias a esa faja carísima que solo usaba cuando quería comprar la voluntad de alguien con su cuerpo. Evan venía tras ella, tan imponente como siempre. Justo frente a mi habitación, se besaron. Fue un beso rápido, pero cargado de una intención que me hizo arder de rabia.
No iba a dejar que ella ganara.
Hice un movimiento brusco, dejando caer un libro al suelo. El ruido cumplió su objetivo. Evan me vio a través del umbral: yo estaba recostada, aún con la ropa de la mañana, observándolo desde la penumbra.
—Vamos a la recámara, Evan —dijo mi madre con un tono pícaro—. Aquí nos puede escuchar la mocosa.
Pero el hambre de Evan ya no era por ella. Su juicio, alterado por el alcohol y mi provocación constante, había cambiado.
—Celine, no puedo —soltó él, zafándose de su agarre—. Acabo de recordar que tengo trabajo pendiente. Es importante, debo entregarlo mañana. Ve tú, más tarde te alcanzo.
Depositó un beso frío en su mejilla.
—¿Qué pasa contigo? —estalló ella, herida—. Te la pasas rogándome por sexo y ahora que yo quiero, ¿prefieres el trabajo? Eres un egoísta.
Desde la oscuridad de mi cuarto, vi cómo la expresión de Evan se transformaba en un témpano de hielo.
—Justo lo que tú haces cada vez, Celine —respondió con una dureza que nunca le había escuchado—. Creo que la egoísta no soy yo.
—¡Imbécil! —gritó ella, fuera de sí—. Ni pienses en venir al cuarto hoy. ¡Duerme en la sala o con el perro, no me importa!
Entró a su habitación dando un pisotón y azotó la puerta. En otras ocasiones, Evan habría ido tras ella a suplicar perdón de forma humillante. Pero hoy no. Hoy Celine ya no era su prioridad. Escuché cómo bajaba las escaleras, se deshacía de la corbata y bebía algo de la nevera antes de regresar.
Los pasos se detuvieron justo en el marco de mi puerta. Sentí su mirada pesada recorriendo mis medias, la falda desordenada y mi pecho agitado. Lentamente, entró en mi habitación y, con una determinación que me detuvo el corazón, cerró la puerta a su espalda con total esmero.