En México, el pequeño Augusto ya tenía casi 8 años, aún no aprendía a vivir con la ausencia de su madre, aún todas las noches necesitaba su abrazo, aún recordaba el sabor de las galletas rápidas que ella le preparaba.
Tanto Martina, como Sebastian, habían hecho un extraordinario trabajo cuidando de él, pues, a la muerte de Demian, ellos se habían aferrado a su nieto, que de alguna manera les había servido para no dejarse caer en la tristeza de la pérdida de su único hijo.
Alejandro, práctica