Mientras eso sucedía, Eva, sintiendo un enorme hueco en el pecho, estaba siendo acomodada en una elegante habitación que era digna para un cuento de hadas.
- Señorita Díaz, ¿Está usted cómoda? -dijo una enfermera en modo amable.
- ¡Eh! Sí, si estoy… solo quiero dormir un poco, ¿Podrías cerrar las cortinas?
- ¡Oh! ¡Claro que sí! El señor Mendoza nos pidió estar atentas a usted, por lo que, sea lo que sé que necesite, solo toque aquel botón y vendré enseguida. -dijo la mujer de manera apacible.