21. Dime que no sentiste lo mismo
Sara Sandoval
Justo cuando sentí que debía disculparme, que las palabras se agolpaban en mi garganta buscando salir, se escuchó un golpeteo en la puerta.
Gracias a Dios.
El semblante de mi jefe cambió de inmediato, como si hubiera guardado su máscara de arrogancia y volviera a colocarse la de siempre: serio, impenetrable, autoritario.
Apartó su mirada de mí, y yo suspiré. Me salvé. Por ahora.
—Pase —ordenó con voz firme.
Leyla asomó la cabeza.
—Señor, son ya las seis de la tarde. ¿Desea que sig