4. ¡Despedida!
Emilia Díaz
Tomé con cuidado la tetera de la estufa, asegurándome de no quemarme con el vapor que se elevaba en espirales. Vertí el agua caliente en una taza con miel y rodajas de limón. El aroma cítrico y dulce llenó la cocina mientras revolvía el té con una cuchara. Era para Denia, mi suegra, cuya tos persistente no cesaba.
Había visitado a varios médicos en las últimas semanas, pero ninguno daba un diagnóstico claro. Todos lo atribuían a una gripe viral o a un malestar estacional, algo común