26. ¡Oh sorpresa!
Esteban Cazares
Tragué saliva y observé a Gloria por el rabillo del ojo mientras daba un sorbo a mi café. Estaba de espaldas, en la cocina, removiendo algo en la sartén con la soltura de quien se siente en casa. Pero no lo estaba. No en la mía. Cada vez que se movía por el departamento como si le perteneciera, como si fuera mi mujer, algo dentro de mí se revolvía con asco.
Me repugnaba esa cercanía.
Me repugnaba ella.
No quería seguir con esto. Lo que fuera que tuviéramos ya no tenía nombre, n