20. La huida
Emilia Díaz
Ernesto se reía con ese sonido adorable que hacía cada vez que lograba algo nuevo. Estaba sobre la alfombra de su habitación, luchando por incorporarse con sus bracitos temblorosos. Sus piernas se doblaban de inmediato, pero no se rendía. Mi pequeño guerrero, era tan testarudo como su padre.
—¡Eso, mi amor! ¡Muy bien, así mi vida! —aplaudí, inclinándome frente a él para animarlo.
Se impulsó hacia adelante, y por fin logró mantenerse sentadito unos segundos antes de caer de lado. Se