Nadie habló.
El proyector seguía iluminando la pared con la imagen de la pequeña.
Cabello oscuro.
Ojos grises.
La misma marca de nacimiento, apenas visible, detrás de la oreja izquierda.
Helena sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
—No...
Su voz apenas salió.
—Eso no puede ser.
Lucien sonrió desde la grabación.
No era una sonrisa cruel.
Era la de un hombre convencido de que controlaba cada movimiento de los demás.
—Sabía que no me creerías.
La fotografía cambió.
Ahora aparecían dos ni