A las cuatro y treinta de la madrugada, el convoy abandonó la cabaña.
Las luces permanecían apagadas.
Solo la luna iluminaba el estrecho camino que atravesaba el bosque.
Dentro del vehículo principal reinaba un silencio absoluto.
Helena observaba por la ventana.
Sentía un nudo en el estómago.
Después de tantos meses buscando respuestas, estaba a punto de enfrentarse al hombre que había destruido a su familia... y quizá reencontrarse con la hermana que apenas comenzaba a recordar.
Adrián, sentad